[OPINIÓN] Principio de incertidumbre en una crisis sanitaria y educativa

Por Antonia Condeza-Marmentini | Geógrafa y Doctora en Educación

El contexto actual de crisis, amenaza y confinamiento, parece haber cristalizado una gran cantidad de reflexiones valiosas en diversos planos. Esta crisis nos trastoca en lo cotidiano y nos plantea  una  oportunidad para re-pensar, desde los lentes de la incertidumbre, aspectos claves de nuestro conocer y convivir.

Los que tenemos el privilegio de estar confinados, por nuestro  bien y el de todos, vivimos en nuestras casas las dificultades y la presión. Niños y adultos estamos hoy presionados por las exigencias del trabajo a distancia, sumado al “nuevo” desafío de  educar en casa, paradójicamente, repitiendo la presión por alcanzar metas de aprendizaje a través de la cansada formula de las aulas tradicionales. Aunque a veces este desafío de simultaneidad, al que se suma el trabajo doméstico, pareciera una pesadilla, es posible que las circunstancias actuales nos empujen no solo a sobrevivir a las tensiones del confinamiento, sino también a ir más allá y reflexionar en torno a cómo vivimos, pensamos, sabemos y educamos, en un espacio y tiempo inusual junto a los nuestros.

No es particular de este contexto actual de crisis sanitaria la aparición de un creciente deseo de “volver a la normalidad”, el mismo que  nos regala un espacio para observar aquello que nos parece normal hasta hoy. Para pensadores como Naomi Klein, junto a aquellos que nos alertan sobre los impactos de la crisis global, la “normalidad” en la que vivimos hasta el mes pasado no es un ideal al cual regresar, sino más bien una vía pedregosa hacia un futuro poco prometedor.

Para aquellos que vivimos y trabajamos con el telón de fondo de una crisis socioambiental permanente, la actual crisis sanitaria nos abre un paréntesis para pensar cómo debemos seguir. Desde los  análisis socioambientales la gran crisis en la que nos encontramos puede comprenderse como fruto de la creciente tensión entre sociedad y naturaleza que, aunque como adultos quisiéramos negar, la investigación educativa muestra como una de las principales preocupaciones entre jóvenes y niños. En este contexto de crisis, dónde la incertidumbre se hace evidente, y el modelo educativo en el que también nosotros fuimos educados se evidencia insuficiente frente a una cotidianidad (¿anormal?) y, peor aún,  frente a la necesidad de pensar el futuro de frente a un  mundo incierto.  

Una de las interrogantes que es posible nos  envuelva estos días ( y que se presenta en la tensión crisis-normalidad), podría formularse ampliamente como una creciente necesidad  por hallar luces que nos permitan ver, en su complejidad, algunos aspectos de nuestras vidas en sociedad que en condiciones “normales” no queremos o podemos percibir, incluyendo por cierto aquellos aspectos que son relevantes para quiénes nos importan. Esta crisis, que es parte de otras crisis, nos apela directamente como sujetos y como sociedad, y nos obliga, no sabemos por cuanto tiempo, a hacernos cargo de la ajena tarea de educar y educarnos con la certeza de necesitar vislumbrar y crear futuros alternativos.

Un tarea no sencilla

La anterior reflexión y la tarea que nos propone no son sencillas, ya que, sobre todo, exigen atención a las incertidumbres propias del conocer.

Desde los años 70 el principio de incertidumbre ha sido reconocido en las Ciencias Exactas, primero en la Termodinámica y luego en la Biología, desde donde ha aportado también a las Ciencias Sociales. Sin embargo, se trata de una propuesta que destruye aquellas certezas sobre las que aprendimos a construirnos basadas en una racionalidad “a secas”. Para el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, cuyas reflexiones se sintetizan en la propuesta del pensamiento complejo, incorporar el principio de incertidumbre a nuestra perspectiva del conocer y educar implica observar críticamente nuestra tendencia de reducción de la realidad. Esa tendencia reduccionista y racionalizadora, que propone teorías unificadoras y verdades absolutas para escapar a lo incierto, nos impide reconocer la imposibilidad de eliminar la incertidumbre, la contradicción y lo irreductible. La propuesta de Morin es una reforma que sustituye la racionalización por una incertidumbre racional que, en palabras sencillas, alude al acto de mantener una vigilante autocrítica, cuyo valor epistemológico es el de poner al sujeto en el centro del proceso de conocer.  El reconocimiento de la apertura y la implicación es crucial para poder plantearnos nuevas formas de educar, que pongan de cabeza los énfasis por el cómo y el qué aprender.

Probablemente hoy nos damos cuenta de que las soluciones simples y lineales no son de ayuda para responder a las inquietudes que emergen entre nuestras cuatro paredes; y menos, aquellas que las superan implicando el nivel global. El lenguaje experto de las ciencias sociales resalta frente a la crisis la “capacidad de adaptación” de las sociedades, que como aforismo podemos arriesgarnos a significar como el desafío de incorporar la incertidumbre como parte del conocer, desafío que nos exige arriesgarnos a examinar nuestras rutinas, nuestras relaciones y nuestras prioridades, con el objetivo de transformarnos y transformar. La integración entre el riesgo y la oportunidad que nos apela con fuerza en contextos de crisis, es la base de aquello que funda el desarrollo de caminos hacia la sustentabilidad. 

La invitación es  atender a las experiencias para resignificar nuestro mundo y el mundo que compartimos, apreciando la oportunidad de propiciar el emerger de aquello que tenemos dentro y que convertimos en realidad junto a otros.

Estamos ante una nueva posibilidad para pensar el futuro usando la incertidumbre como una dinamita para la creatividad, el pensamiento crítico y la acción. El conocimiento, el saber y la educación están hoy también en una crisis ampliamente anunciada,  y desde  nuestros encierros está en manos de todos y todas los simples mortales aprovechar esta oportunidad sin límites autoimpuestos y en favor de los que vienen.

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