Desde hace mucho años acaricio la utopía de hacer un relato fílmico de Diego de Almagro, el primer conquistador español que piso nuestro actual territorio. Es un personaje particular que de una u otra forma marca un destino, toda vez que es un fracasado en su empresa de conquista y como tal, atractivo para un relato por la fuerza dramática que lo reviste. Parafraseando el código cinematográfico, mientras  Magallanes hizo un “dolly” (cruzó por el Estrecho de Magallanes y oteó a la distancia el territorio arriba de un barco), Almagro hizo el documental, ya que constató la soberbia de la geografía y la fiereza de sus pobladores, registrando con sangre su crónica fallida del cruce de los Andes y el comienzo de la Guerra de Arauco.

Con  cerca de sesenta años, tuerto y analfabeto, Almagro luego de pactar con su socio Pizarro el reparto territorial de la conquista en estas  ignotas tierras, avanza con su ejército desde el Cuzco hacia el sur (junio de 1535) por la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes.

Para efectos de síntesis narrativa obviaremos parte de la travesía y sus detalles,  para solo concentrarnos en lo que representa para nuestra historia.

Según lo relata el historiador Sergio Villalobos en su  “Historia del Pueblo Chileno”, Después de vadear el río Guachipas (actual provincia de Salta. Argentina), torrentoso producto de los deshielos, remontan la cordillera andina hacia el oeste, sufriendo lo indecible. Los españoles caían apunados y los indígenas de la expedición, ateridos de frío lloraban en las gélidas noches que penetraban sus ligeras ropas. Hombres y bestias con pocos alimentos y sin combustibles para encender fogatas que mitigaran el frío,  siguieron adelante. Una noche a los 4.500 metros de altura murieron más de setenta caballos, y al quitarse sus botas, un soldado perdió sin dolor sus dedos congelados. Una terrorífica fila de cadáveres iba quedando a la vera del camino.  Almagro, al ver los padecimientos de su gente, se adelanta y cabalga 3 días con 20 hombres hasta meterse por el boquete de Paipote al Valle de Copiapó. Era el verano de 1536.  Cargado de víveres que les prodigaron los naturales de la comarca,  volvieron a la montaña para auxiliar a sus exánimes compañeros. Ya en el valle de “Copayapo”, doscientos cuarenta españoles y 1700 yanaconas se tendían a la sombra de los árboles y se revolcaban el verdor de los páramos nortinos.

Los hechos que vienen a continuación no fueron felices. Almagro descubre que en el  territorio, habitaban dos españoles que le habían ganado la partida; el desorejado Gonzalo Calvo de Barrientos en el valle de Aconcagua y Antón Ferrada, el primer peninsular en iniciar el mestizaje, ya que se había “casado con una indígena” iniciando un próspero emprendimiento agrícola a orillas del río Conchalí.  Diego de Almagro el Mozo, el hijo del conquistador había logrado llegar a la actual Bahía de Quinteros en el Santiaguillo, un barquichuelo a mal traer que no daba para seguir navegando. El capitán Gómez de Alvarado exploró hacia el sur, llegando hasta el río Itata en donde enfrentó la primera resistencia mapuche en la batalla de Reinohuelén. No habían pasos mejor habilitados para cruzar la cordillera de vuelta. En fin, ya en mayo del año en comento, no estaba el tan ansiado oro y por lo mismo, la expedición no conseguía su propósito esencial. La única solución, volver al Cuzco.

El retorno no estuvo exento de padecimientos, esta vez, la barrera de salida fue el desierto de Atacama. Hollando un infierno arenoso que solo tuvo pequeños relajos en el oasis de Pica y en San Pedro, lugares donde aún quedan vestigios  espectrales del tránsito de los fracasados.

Finalmente, después de dos años de aventura, el regreso esperó al tuerto con una guerra civil que lo enfrentó con su antiguo socio y en donde ya maltrecho, pierde en la Batalla de las Salinas siendo condenado a la pena del  garrote.

Por mucho tiempo, los expedicionarios de Almagro que sobrevivieron a las penurias de este infausto viaje, recibieron con escarnio el epíteto ofensivo que los identificaba como: “los de Chile”. Comenzaba de esta forma la historia de nuestra Patria, cargando con ello todo el peso valórico que representa la desventura.

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