Ruta del Vino

24 de noviembre: Día del Carmenère

Jean Michel Boursiquot, en 1994 dijo… “eso no es Merlot, eso es Carmenère” y partió la historia…

Fue la naturaleza quien quiso revelar el secreto. No hay duda, si no hubiera sido primavera no la hubiéramos descubierto 20 años atrás la verdad. Era 24 de noviembre de 1994 para ser más precisos, y los viñedos en el Maipo, a los pies de la Cordillera de los Andes, donde se dirigía la delegación de expertos que visitaban Chile con motivo de un Congreso de Mundial de Viticultura, estaban recién floreciendo. Con claridad se podían ver sus estambres, debajo de la caliptra, esa extraña corona invertida que caracteriza a la flor de la vid, consigna un completo artículo de Mariana Martínez en la web especializada wip.cl (Wine Independent Press).

Entre esta prestigiosa delegación de visitantes extranjeros, venía un ampelógrafo, un joven del sur de Francia llamado Jean-Michel Boursiquot. Que Jean-Michel fuera joven también es relevante en esta historia, pues sus estudios universitarios en los jardines de su facultad de viticultura, en Montpellier, durante la primavera, aún estaban frescos en su memoria. Que un estudiante de ampelografía estudie viñedos en primavera tampoco es casualidad, por el contrario es una necesidad. Es el momento del año en que las vides exponen la mayor diversidad de elementos que les permite diferenciarse entre sí. En total son más de 60 -entre tallos, hojas, ápices de crecimiento y flores- los descriptores que un experto puede llegar a identificar en una sola planta para saber con certeza cuál es cuál entre las más de 5.000 que existen sólo entre las de la especie Vitis vinífira.

Que todas las variedades típicas de Burdeos, como el Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot y Malbec estuvieran juntas en ese jardín de la Universidad de Montpellier donde estudiaba Jean-Michel, también es relevante en esta historia, porque entre ellas, aunque de menor relevancia para el estudio -pues ya no se usara ya para elaborar vinos- también le correspondía estar a la Carmenère. Fue así como, sin querer queriendo, que Jean-Michel aprendió que la gran particularidad de la Carmenère eran sus estambres quebrados, un defecto genético que además explicaba la corredura, o mala cuaja de esta cepa, lo que se traduce en una menor carga de frutas cada año. Razón por la cual, a su vez, poco a poco se dejó de plantar en Burdeos y en el resto del mundo, tras la aparición de la plaga filoxera a mediados del siglo XIX.

Fue muy fácil entonces para Jean-Michel saber cuando le presentaron un nuevo viñedo de Merlot en el Maipo, aquel 24 de noviembre, que en realidad ese Merlot no era Merlot. Primero se dio cuenta que sus brotes eran de tonos rojos, lo que nunca ocurre en un Merlot, luego miró de cerca sus flores y descifró la clave; sus estambres estaba quebrados. Sin dudarlo, dijo: “esto es Carmenère”.

Fueron los primeros buenos vinos etiquetados como Carmenère, de las viñas chilenas Carmen y De Martino, los que alentaron a contar esta historia de hallazgo a la industria nacional. Aunque fue entre regañadientes que la industria del país decidió que debía reconocerla en sociedad ya que había estado oculta en sus viñedos, no se sabe realmente desde cuándo.

22 años después de aquella primavera de 1994, la Carmenère es la tercera cepa tinta más planta de Chile con más de 11.000 hectáreas, y los Agrónomos Enólogos de Chile organizan un concurso (Carmenère al Mundo) donde ella es la estrella, cada dos años. Si bien esta cepa tinta tiene sus detractores, pues hay quienes que no quieren creer en ella, hay varios hechos que invitan a seguirle la pista cuando de Chile provienen.

Hoy ya sabemos que su gran atractivo está en su color carmín, en la suavidad de sus taninos y en la complejidad aromática, con notas a pimiento rojo y cacao, que logra cuando se logra la madurez perfecta de las pieles y el jugo de sus uvas. También sabemos que es su misma suavidad de taninos y falta de potencia a final de boca, lo que le pide a sus vinos la compañía de otras cepas tintas, como el Petit Verdot, la que le aporta además de fuerza final, la acidez natural que suele faltarle. Un rol parecido cumplen junto a ellas la Syrah,  Cabernet Sauvignon y Carignan. De allí que sus detractores digan que la Carmenère es un gran instrumento de orquestas pero que no merece tocar sola.

En mi opinión personal -sí, como gran defensora del Carmenère- creo que al igual que las mezclas que hicieron famosos a los grandes tintos de Burdeos, con Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot a la cabeza después de mediados del siglo XIX – y en especial los del Hâute Medoc-, los vinos de Carmenére tienen elementos positivos que sumar, agrandando cualidades positivas a la paleta de colores, aromas y sabores al momento de mezclar, en lugar de restar.

Por otro lado, es bien cierto que la Carmenère es caprichosa y que hay en el mercado vinos suyos que no me gustaría ver, en especial aquellos con aromas verdes, de cuerpos livianos y secantes. La culpa de su carácter caprichoso está en el tiempo que se toma, con toda la calma, para madurar. Por eso en el viñedo de Chile, desde que se le comenzó a entender y separar del Merlot, siempre es la última en cosechar, a finales de abril o inicios de mayo, incluso en años más fríos ya a mitad mayo.

Esperando su madurez tardía, sobre diferentes tipos de suelos, pueden pasar varias cosas. Primero si el suelo es demasiado fértil, la madurez pareja de sus abundantes racimos nunca llegará a buen término, tampoco habrá paciencia que la quiera esperar frente a la amenaza anual de las lluvias de otoño. Por el contrario, en suelos demasiado pobres y sin el riego preciso, y aunque sus rendimientos de fruta sean bajos, sus hojas se marchitan y caen antes de que sus granos hayan logrado su madurez perfecta. Entonces, claro, la Carmenère necesita de un lugar con suelos profundos, que retengan humedad, pero que tengan un riego estricto e incluso nulo, para que la planta no se arrebate y produzca demasiados brotes, hojas y racimos.

En conclusión, si lo caprichoso de la Carmenère les recuerda a la también caprichosa tinta de la Borgoña, la Pinot Noir,no están equivocados. Los mejores Pinot vienen de la Borgoña, pero no todos son fabulosos, y también existen los que uno no quiere volver a ver. La Pinot Noir también necesita de un clima especial -a contrario de Carmenère que no le gusta el frío-  requiere de días suficientes de calor; además la Pinot gusta de un suelo que no sea demasiado profundo, ni con la roca calcárea demasiado expuesta.

Me gusta pensar entonces, que en Chile también tenemos nuestra cepa caprichosa, y que en unos años más así como ocurre en Borgoña, los consumidores perseguirán los mejores lugares para producirla, y que también perseguirán -como en Borgoña- a los productores que han aprendido a conocerla y tratarla como se merece. Entre ellos hoy: Viña Carmen con su fantástico vino IIII Lustros, y como no, también viña Antiyal con su Pura Fé, cuyo enólogo Álvaro Espinoza, hizo el primer vino comercializado con ella. Pérez Cruz un vecino, del Maipo también le ha sabido agarrar la mano, junto con Casa Bauzá en el Maipo Norte, y las viñas de Colchagua Casa Silva (siempre ganado medallas varias en concursos), EstampaHacienda AraucanoLos VascosVentisqueroNeyénSiegelTerranobleMaturana  y Caliterra. Y en los suelos profundos de Cachapoal, las viñas La RosaAnakenaAlquemystaArte SanoSanta CarolinaValle Secreto y  Castamora.

Link a revista www.wip.cl

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