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Donald Trump: ¿hombre de negocios o estadista?, por Mario Sepúlveda

El escritor estadounidense Jorge Majfud planteaba días atrás en una columna en The New Herald, la simple idea de que ser un exitoso hombre de negocios es un mérito, pero no hace a nadie un buen gobernante, ya que un país no es una empresa. Compartiendo con entusiasmo sus puntos de vista, el filósofo Noam Chomsky le había enviado sus comentarios sobre las ‘externalidades’ que, en pocas palabras, son todos aquellos efectos que no entran en la ecuación de un buen negocio.

Dos partes pueden hacer un excelente negocio, pero eso no significa que los resultados a largo plazo y en un contexto mayor vayan a beneficiar al resto o a ellos mismos, como indica la base del liberalismo económico: “perseguir el interés individual necesariamente conduce al beneficio del resto de la sociedad”

Esa naturaleza de exitoso hombre de negocios se está observando en Trump desde su llegada a la Casa Blanca. Su lema de campaña “poner a EE.UU. primero” simboliza su firme convicción que las negociaciones con otros países son un juego y quien mejor negocia, o está en condiciones de negociar con más armas a su favor, es el que gana. Dicha actitud reflejada en su libro, ‘El Arte de la Negociación’, lo ha conducido a dictar sus erráticas medidas y decretos a través de los cuales ejerce presión e intimidación a corto plazo, para cortar el árbol sin considerar el bosque.

Baste señalar que al llegar a la Casa Blanca decidió abandonar el Tratado de Libre Comercio Transpacífico (TPP) y el mes pasado inició el proceso para revisar el Acuerdo de Libre Cambio con México y Canadá (Nafta) y, hace unos días, no obstante la rotunda condena internacional, cumplió su promesa electoral anunciando la salida de Estados Unidos al Acuerdo de París para el cambio climático, con discutibles razones económicas, asegurando que estos tratados “castigan” al contribuyente y otorgan una ventaja competitiva al resto de países, dándole más margen a Europa, China e India, al permitirles niveles de cumplimiento más favorables, mientras las nuevas reglas del juego exigen un mayor sacrificio a EE.UU.

Su retirada del Pacto tendrá serias consecuencias para EE.UU. que perderá parte del liderazgo que había alcanzado este último siglo; seguirá siendo uno de los grandes países contaminantes, el segundo después de China; le provocará a su economía interna tensiones comerciales dado que los países firmantes podrían responder imponiendo aranceles (dumping ecológico) a productos como el acero, que son más baratos de producir como resultado de su maniobra y lo más grave de todo, la Tierra sufrirá mayores niveles de calentamiento, subirán las temperaturas medias, se acelerarán el deshielo en los polos y crecerá el nivel del mar.

Anhelamos que el lema “hagamos el planeta grande otra vez”, dicho por el Presidente de Francia E. Macron, parafraseando el eslogan de la campaña de Trump, sea el que penetre las conciencias de los líderes mundiales para luchar unidos por la felicidad de las generaciones venideras.

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