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Opiniones

El progresismo, la nueva utopía salvadora

Por Facundo Morales Quiroga (un ciudadano de a pie)

En algún instante, la reflexión filosófica  de la mano de ese gran pensador alemán llamado Federico Nietzsche,  acusó el agotamiento  de los valores fundamentales que rigieron el mundo occidental por siglos. Así; religiones, ideologías, utopías entraron en un proceso de desvalorización, provocando entre otras cosas, cambios profundos de los paradigmas tradicionales. Por ejemplo, la Reforma religiosa desafió el poder de la Iglesia, proponiendo una relación directa entre el hombre y la divinidad. En Francia, la Revolución había propinado un golpe mortal al régimen monárquico instaurando la república como forma de gobierno.

La revolución Industrial sacudió las bases de la estructura económica generando el desarrollo del capitalismo y la transformación en las formas de vida. Las ciudades crecieron con las masivas migraciones del campesinado buscando mejores formas de vida. Newton había descubierto las leyes básicas del universo físico y el pensamiento parecía no tener límites. En fin, el pensamiento escolástico de la Edad Media estaba en cuestión y los avances de la razón y de las investigaciones empíricas crearon un nuevo clima intelectual, en donde la Ilustración relegó a lo religioso a una condición secundaria y defensiva. Comienza a desaparecer el criterio de la autoridad basada en la tradición, surgiendo a partir de ello nuevos miradas en torno al poder. Surgen así el pensamiento socialista y anarquista del siglo diecinueve que ponen el foco en lo económico y en lo político. Estos nuevos modelos políticos, emergen como miradas renovadoras ante el nihilismo imperante, pero a la larga, se transformaron en concepciones contradictorias y conservadoras que en el transcurso del tiempo, diluyeron su entusiasmo primigenio.

Cuando Nietzsche habló de “nihilismo”, aludió al desamparo en el cual se encontraron las multitudes que antes honraban a la moral cristiana y a las distintas ideas asociadas, quedando así, “huérfanos” del sustento doctrinario que acompañaba sus vidas. Imagino que debe ser algo así como una “crisis de fe” del cura cuando se da cuenta que su vocación y disciplina monástica, colisiona groseramente con sus instintos sexuales, redescubriendo que lo que manda a su voluntad es su cuerpo y no la metafísica del dogma.

Nietzsche es de una u otra forma, el creador de lo que se ha dado en llamar : la “postmodernidad”, época que se supone actualmente vivimos, y en donde los metarelatos, es decir, esos grandes cuentos de la vida en el más allá y la creación del hombre nuevo por medio de la revolución, no son más que cuentos chinos y para corroborarlo, basta ver los escándalos de la Iglesia, el término de los llamados “socialismos reales”, “socialismos chavistas”, estados de bienestar y un largo etc.. Lo que hace 40 años era la tontera del momento y por la cual se produjeron revoluciones y matanzas, no son más que recuerdos épicos de un tiempo de inocencia.

Sin embargo, aún quedan encantadores de serpientes que insisten en abrazase a las viejas y fracasadas utopías, maquilladas ahora en un concepto que llaman “progresismo”. El progresismo al parecer, es toda esa izquierda añeja que adora al Estado como a un fetiche, pero que sin embargo, no tiene ningún pudor en ganar plata en la bolsa de valores, tal como dejó lo entrever un programa televisivo que mostraba a los sacerdotes socialistas chilenos con el puño izquierdo en alto, y con el derecho acariciando los dólares del Tío Sam.

No se extrañe el lector si en el tiempo que viene veamos “progresismo” por todos lados, con ideas fantásticas, como la de ejecutar un tren de Arica a Punta Arenas. En lo personal, sigo prefiriendo el tren instantáneo a Puerto Montt de Nicanor Parra.

Creo  que el verdadero progresismo es abandonar las ideas añejas y obrar con pragmatismo, dando solución efectiva a los problemas que enfrentamos en este mundo cambiante. De esta forma, cuando un compañero, camarada y combatiente le ofrezca el paraíso, sospeche, de seguro es un progresista que intentará reclutarlo como prosélito para la construcción del “hombre nuevo”.  De paso, lea “Granja de Animales” de George Orwell y “Nuestros Años Verde Olivo” del chileno Roberto Ampuero.

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