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Opiniones

“Chile a las puertas del infierno”

Por Facundo Morales Quiroga. Un ciudadano de a pie.

No puedo permanecer impávido ante los tórridos días de esta canícula que atrapó nuestro estío. Refugiado en la comuna de Paine, observo aterrado lenguas de fuego sobre los cerros aledaños de mi campesina vivienda. La imagen es impactante sobre todo de noche, las llamaradas, simulan volcanes activos sobre la cima de las montañas. De día, un humo grisáceo enturbia el horizonte y torna nauseabundo el ambiente. El ánimo se quiebra ante tan apocalíptico panorama. Chile entero es una antorcha. Como nunca, el escaso patrimonio arbóreo de la zona central, se vuelve cenizas y el suelo se calcina espantando la vida que estos espacios albergaban. Escucho que se quemaron los robles relictos que aún permanecían en las alturas del Cerro Cantillana.

Para que hablar del impacto social que los incendios provocan. Cientos de viviendas abrazadas por la furia incontenible del monstruo rojo, mientras humildes campesinos intentan doblegarlo a punta de varillazos esteriles.

Recuerdo mis propios incendios cuando de mozalbete fui bombero forestal; “Coyamento Grande”, “Cerro verde”. El primero, cientos de araucarias ardiendo en plena cordillera, el segundo, más de mil hectáreas de pinos arrasadas en un par de horas. El combate era una verdadera guerra. Una acción titánica, el fuego de los dioses arrebatado por Prometeo, y estos vengándose de los hombres mediante la ignición de sus bosques. Una vez desatada la ira de Zeus las brazas se descontrolan, no hay como pararla, todo arde con la ayuda lacerante del viento que colabora en su carrera… Al final todo es desolación.

Disculpen esta letanía, mezcla de rabia y desazón. Las catástrofes nos tocan sin piedad y tenemos de lo que nos pidan, sin embargo estos últimos acontecimientos corroboran nuestras debilidades, particularmente la estulticia de las autoridades de turno, incapaces de objetivar los riesgos en el mediano plazo, siempre actuando con medidas reactivas. Ya lo vimos en el terremoto del 2010 y lo observamos ahora, cuando el calor despertó al duende que habita La Moneda y que las oficia de ministro del interior de la mano de nuestra Presidenta. Le costó varios días sacar la voz al caballero para poner en práctica las medidas que nuestra Constitución prevé en episodios catastróficos. Estas y otras autoridades, deben de una buena vez entender que es preferible la sobre reacción a las lamentaciones posteriores. Y digo esto, porque basta observar la televisión para ver en el Maule, en la Región de O’Higgins, en la provincia Cardenal Caro y en otros ardientes rincones a los campesinos de ojotas, intentando contener las llamas con ramas. Por qué no la gestión proactiva cuando nos vemos sobrepasados, por ejemplo la ayuda internacional, la colaboración de la empresa privada, la capacitación a nuestras fuerzas armadas para combatir este tipo de siniestros.

En fin, entendamos que somos un país en perpetua emergencia y que ello debiese marcar la agenda de los gobiernos para generar las estrategias y las iniciativas respectivas. Cierto es también, que todos somos coparticipes de los problemas, sin embargo, las iniciativas deben venir de quienes nos lideran y que dicho sea de paso, no ganan dos chauchas por hacer la pega. Me gustó en su minuto la acción resuelta del Presidente Piñera, que no escatimó esfuerzos para rescatar a los 33 mineros que todos daban por muertos.

En este año electoral, es tiempo de interrogar a los presidenciables sobre el plan maestro que permite la reacción frente a catástrofes de distinta naturaleza. Estoy seguro que la experiencia, la casuística y el dato racional está, también están los expertos, los cuales debieran actuar descentralizadamente y con actitud decidida, cuando la naturaleza y la estupidez humana generen estos tormentos. Ojalá que pronto los dioses del Olimpo nos den un respiro.

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